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Fernando Márquez, con destino celeste

Día a Día | 06/10/2013


“Uno siempre quiso tener una bicicleta”, dice Fernando como si todavía soñara con encontrarla en algún rincón. Lo cierto es que, en aquel tiempo, obtener plata era parecido a rascar un punto de visitante en la cancha más difícil. Entonces él se conformaba con poco, o mucho: alguna pelota, las bolitas o jugar a las escondidas.
La bicicleta nunca llegó en la infancia.

Pero el Flaco –en Unión se recibió de “Cuqui”– encontró en el fútbol un lugar para ser feliz. Todavía Belgrano era un nombre lejano en barrio Los Troncos, un barrio populoso en Santa Fe. Y allá empezó a torcer el destino. Como lo dirá después. “Jugaba a las bolitas al mediodía y, a la tarde, al fútbol. También a las escondidas”, rememora hoy Fernando Márquez, jugador de Belgrano y pieza clave en la remontada que tiene arriba al equipo del Ruso Zielinski. Y sigue su recuerdo: “Un amigo tenía el Family (video juego); era todo un lujo juntarse a jugar”.

La bici no aparecía, pero sí Ricardo Rojas, “un padre para mí”, dice Cuqui. El tío acaso fue un pedal para que Fer no detuviera su marcha. “Me compró botines, me ayudó con plata. Él no me dejaba andar tomando ni fumando y, cuando tenía yo tenía 16 años, armó un equipo (llamado Los Pibes). Y ahí empecé a jugar. Mi tío dirigía y poníamos siete pesos, pero yo no contaba con ese dineral y él ponía por mí”, cuenta el punta que lleva 36 partidos con el Pirata y tres goles.

El ex Unión respira. Sentado en un sillón negro en su departamento. De perfil, pareciera espiar por la ventana los viejos tiempos. Recién después de unos segundos se frota las manos y observa un cuadro con una fotografía gigante de su primer gol en el celeste, contra Quilmes, en Alberdi. Hay algo en él a punto de develarse.

“Al principio no jugaba (llegó para el Torneo Inicial 2012) y apareció la duda: para qué voy a estar acá sino iba a jugar. Pensé en irme, en jugar en una categoría menor. Me costó la adaptación y me sentía en examen”, le confiesa a Día a Día. Pero en la vida de Fernando aparece Melisa, su novia, para darle un empujón en esa bicicleta imaginaria, para pedalear y no frenarse en el intento.

“Mi novia me dijo que me quede. Ella quería que siguiera. Tiene voz en mi vida y yo la escucho. Me planteó su punto de vista, me dijo que me iba a costar pero que creía que había cosas buenas en mí; y por eso no me fui”, rememora ahora mientras las paredes blanquísimas se llenan de sombras.

–¿Sentiste “desprecio” porque venías del Argentino A?
–No. Yo quería mejorar por un hecho personal y mi meta era afianzarme en un equipo de Primera. Pero veía que me costaba. Me entraron dudas de si podía hacerlo; antes me sentía en examen. Ahora no, aunque sé que tengo mucho por mejorar y aprender. La verdad es que hoy me siento mejor que antes y, quizá, unos goles me ayudarían. Pero cuando vine, sentí el cambio de categoría.

Unión y seguir. Pero, claro, Belgrano todavía era un pensamiento sin sustento. En 2008 firmó contrato con Unión. Si no ponía el gancho, su destino era de gasista como toda su familia. Alcanzó a hacer algunas changas; pero “a los 22 me fui porque no jugaba mucho”. Otra vez tuvo que hacer las valijas. Dejar los afectos. Torcer el destino.

Allí apareció Crucero del Norte para disputar el Argentino A. “Me fui solo. Estar así es complicado, extrañás la comida con tu familia, el típico asado del fin de semana y amigos como Miguel y Adrián”, sostiene. Y agrega: “No vivía en ninguna pocilga, estaba al día, pero la verdad es que hubiese cambiado una pocilga por estar más con mis afectos. Después se dio lo del ascenso (87 partidos, 32 goles y figura para llegar a la B Nacional) y ahora estoy acá”, explica en voz baja, como si pidiera permiso para hablar. Márquez es así: un tipo de 1,80 metro que va al gimnasio, que estudió algo de inglés y mira fútbol europeo. Simple.

Cuqui vuelve a frotarse las manos y descarga: “De tener un par de zapatillas a no tener una bicicleta, que es lo que uno siempre quiere, estoy contento. No gané nada, pero creo haber cambiado eso que dicen destino”, cierra.

Se queda en silencio. El Flaco ha llegado, pero no va frenar ahora.

.........

“Estoy contento de haber cambiado eso que le dicen destino. Yo creo que uno lo forja. Pero uno se adapta al estilo de vida que tiene”.

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